top of page

“ Y, SIN EMBARGO, SE MUEVE” (EPPUR SI MUOVE)

  • Foto del escritor: Juan Cuzzolino
    Juan Cuzzolino
  • 14 dic 2025
  • 3 Min. de lectura


Salió del juicio con la cabeza gacha, todavía temblando la transpiración le corría por la frente, pasos cortos y respiración agitada. La sala todavía olía a miedo y a incienso. Detrás quedaban los cardenales, los escribanos, los testigos falsos, la sentencia leída en latín y la amenaza explícita: si insistía, la hoguera. Galileo Galilei, ya viejo y cansado, había abjurado de sus ideas para seguir vivo. Lo escoltaron por los pasillos de piedra como a un derrotado. Afuera, Roma seguía igual que siempre.


Dicen —porque la historia también se construye con lo que no figura en los expedientes— que al cruzar el umbral levantó la vista. No fue un gesto heroico ni teatral. Fue casi un reflejo. Miró el cielo, ese cielo que había observado durante años con paciencia de artesano y obsesión de científico. El mismo cielo que sabía que no estaba quieto.


Entonces, en voz baja, apenas moviendo los labios, habría dicho: Eppur si muove. Y, sin embargo, se mueve. Sonrió levemente de costado y siguió con su vida.


¡QUE TIEMPOS PARA ESTAR VIVO, GALILEO!


Las peleas hay que seguir dándolas, aunque sea agotador ir contra la corriente todo el tiempo. Supongo que ese agotamiento habrá sentido Galileo cuando lo amenazaron con quemarlo vivo por decir que la Tierra giraba alrededor del Sol. Ver más lejos, ver antes, y descubrir que los que dicen “burradas”  ademas de ser más fuertes , son mayoría. Galileo sabía que tenía razón. Simplemente no era su tiempo.


Hoy vivimos una era profundamente bruta. No por falta de información, sino por exceso de estupidez organizada. Todo es cuestionado sin argumentos, sin aval científico, sin lectura previa. Un lumpen con Wi-Fi le discute a un estadista, un influencer sin formación refuta años de estudios científicos y la opinión o el histrionismo pesa más que el dato. Las redes sociales democratizaron la palabra, sí, pero también le dieron centralidad a los menos indicados. Hoy nada es verdad: todo es relato, percepción, like.


En la Argentina actual eso se siente con una claridad brutal. Un gobierno que te entrena para festejar la supervivencia. Que te hace sentir que comprar un kilo de helado el mes que cobrás el aguinaldo es un logro. El ajuste se vende como virtud, reprimir y discriminar al débil es lo correcto y la resignación es visto como signo de madurez.



PENSAR COMO ACTO DE REBELDÍA


Vivimos en un tiempo donde hay que dar peleas para la posteridad, aun sabiendo que probablemente las perdamos. Es necesario que así lo hagamos. Aun cuando sabemos que la opinión pública está manipulada por el algoritmo, por la indignación prefabricada y por la irracionalidad como método de gobierno.

A veces las peleas no se dan para ganarlas. Se dan porque corresponde.


Como cuando salías al patio del colegio y te plantabas frente a un grupito que eran más y más grandes para defender a un amigo. Sabías que iban a perder, pero igual salías y dabas la cara. No por valiente, sino por dignidad. Para que el otro no quedara solo. Porque correspondía.


Si hoy no damos la pelea, la historia queda estancada en la versión de los que gritan más fuerte. No hay cambio de página. Se naturaliza la injusticia y se la adopta como sentido común. En cambio, si damos batalla—aunque hoy no ganemos, aunque el presente no nos dé la razón— dejamos una marca. Una grieta, por más mínima que sea,  por donde pueda entrar aire más adelante.


Tal vez no sea ahora. Tal vez no sea acá. Pero quizás algún día, en un pueblito perdido, lejos del ruido y de los algoritmos, alguien o un grupito de los que todavía resistan y piensan escuche hablar de estas batallas pequeñas, torpes, desparejas y hasta descordinadas. Y entonces, con la tranquilidad que da el tiempo, puedan decir lo que hoy parece imposible: el mundo sigue girando... Y Argentina,  sin embargo, se mueve.

 

 
 
 

Comentarios


bottom of page