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La libertad que cae del cielo

  • Foto del escritor: Juan Cuzzolino
    Juan Cuzzolino
  • 3 ene
  • 3 Min. de lectura

Estados Unidos vuelve a bombardear América Latina.





El bombardeo y la invasión a la soberanía venezolana ocurridos en horas de la madrugada de hoy marcan un nuevo y ominoso precedente sobre las verdaderas intenciones de Estados Unidos en América Latina. Ya no se trata de meras amenazas diplomáticas o sanciones económicas: hablamos de bombas, misiles y de la violación directa de la autodeterminación de un pueblo.


Las excusas esgrimidas —un supuesto “narcoestado” o la pretensión de “liberar” a Venezuela de una dictadura— suenan hoy como lo que son: meros pretextos de un envalentonado Donald Trump que, una vez más, parece salirse con la suya. Bajo la retórica de libertad y democracia se ocultan intereses geopolíticos y económicos que poco tienen que ver con la protección de los derechos humanos.


ANTECEDENTES EN LA REGIÓN


Han pasado más de treinta años desde la última vez que Estados Unidos se atrevió a vulnerar la soberanía de otro país democrático en este continente de manera tan explícita. Hay que remontarse a 1989, cuando el general Manuel Antonio Noriega fue depuesto en Panamá tras una intervención militar estadounidense que, en nombre de la lucha contra el narcotráfico, consolidó una demostración de poder. Entonces, como ahora, los motivos reales de la paradójicamente llamada “Operación Causa Justa” (Just Cause) tenían poco que ver con la narrativa oficial y mucho con la preservación de intereses estratégicos, sobre todo del Canal de Panamá.


La verdad es incómoda pero contundente: más allá de las excusas, a Estados Unidos no le importan ni las dictaduras, ni la falta de transparencia electoral, ni la libertad de expresión. En Argentina sufrimos dictaduras sangrientas, desapariciones forzadas y represión política, y jamás vimos a Washington usando sus tanques para “liberarnos”.


LOS VERDADEROS MOTIVOS


Lo que hoy sucede en Venezuela tiene, sobre todo, que ver con una demostración de fuerza y con la intención de apropiarse de sus abundantes reservas de petróleo. La historia reciente está llena de ejemplos donde, luego de una intervención militar, se instalan gobiernos que responden —más que a sus propios pueblos— a los intereses de las grandes potencias. Irak, Libia y Afganistán son apenas algunos capítulos de ese manual. Alcanza también con ver la decadencia y el caos posterior.


Pero el problema no es solo geopolítico. El otro desafío es el aval tácito de gobiernos como el argentino y el sentido común que se instala en amplios sectores de la población. Hoy se repite con naturalidad la palabra “libertad” mientras un presidente es secuestrado y caen bombas sobre la población civil.


Aún queda mucho por saber. ¿Maduro negoció su rendición o fue finalmente capturado por fuerzas norteamericanas? ¿El chavismo seguirá gobernando Venezuela o Estados Unidos avanzará en imponer un gobierno títere en el corazón de Sudamérica?


No son preguntas menores. La capacidad norteamericana de invadir ha tenido siempre su contracara: la incapacidad de construir luego orden, estabilidad o democracia real. Donde desembarcan los marines suele florecer el caos y los pueblos son sumidos en la absoluta anomia.


Esta nota no busca avalar a Maduro ni sus métodos. Tampoco se trata de simpatías políticas. Se trata de advertir que la institucionalidad internacional está en crisis y que la verdad se volvió cada vez más relativa, moldeada según quién la narra y desde dónde se la cuenta.


Vivimos tiempos peligrosos. La invasión de Estados Unidos es una advertencia para la región y para el mundo entero. Si hoy se bombardea Venezuela bajo el pretexto de recursos naturales, ¿qué impediría mañana bombardear Buenos Aires si un gobierno se negara a “cooperar” con el agua, el litio u otros bienes estratégicos para el país del norte?


Podrán disfrazarlo de lucha contra un narcogobierno (Hay que seguir con atención lo que sucede en Rosario) o de salvación democrática, pero no nos confundamos: esto es imperialismo con nombre propio. Y sus consecuencias todavía están por escribirse.

 
 
 

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